Este fin de semana pasado nos fuimos la familia al completo a "descansar" a un pueblo salmantino de nombre La Alberca.
El tiempo nos acompaño el fin de semana, lo cual, nos permitió disfrutar de un entorno envidiable, rodeado de naturaleza, montes, ríos, sendas, paseos…
La Alberca nos ofreció el resto, cultura, historia, descanso y buena gastronomía.
La originalidad de sus calles y un entorno envidiable hace que su visita sea casi obligada, aunque sólo sea de un fin de semana, como fue en nuestro caso.
Un pueblo de contrastes, mucho calor en verano y duros inviernos. Pocos vecinos y muchos turistas que deambulan por sus estrechas y empedradas calles, ya que estos últimos forman una parte muy importante de su economía actual, sólo hay que ver la cantidad de hoteles rurales que hay en las afueras del pueblo.
Si a sus curiosas calles las acompañamos con pequeñas plazas y vistosas casas, hacen del pueblo salmantino un bonito lugar para visitar.
Las casas que forman el "centro histórico", datan del mil setecientos y pico, están realizadas de granito, piedra y madera. Granito para la primera planta, un complejo entramado de vigas de madera y piedras para la segunda, un desván y para terminar el tejado.
Antiguamente, la planta baja servía de cuadra para los animales, la primera planta alojaba la cocina y despensa. En el segundo piso estaban las habitaciones. El desván lo usaban para curar y secar las chacinas de la matanza. Los techos disponen de un agujero, para que el humo de la cocina pueda salir por él, pero antes debe de subir de planta a planta y pasar entre los chorizos, jamones, salchichones, que están colgados entre los travesaños de madera que sustenta las viejas tejas del tejado.
Muchas de las casas tienen grandes balcones de madera cargados de macetas con flores y plantas, que le dan colorido al gris y marrón de sus fachadas.
La calle principal de La Alberca, que atraviesa todo el pueblo incluso la Plaza Mayor, es un espectáculo visual y olfativo. Grandes casas, fuentes de agua naturales, tiendas de ultramarinos y recuerdos (con el género mostrado en su exterior), panaderías, tiendas de embutidos que nos ofrecen un olor a su paso por ellas que nos acompañará en todo el trayecto a buen embutido salmantino y humo de encina, para al final recaer en ellas y comprar chorizo, queso y uno de los mejores jamones ibéricos, el de su vecino Guijuelo.
Luego parada obligada merece la Plaza Mayor, sentados en el pie de su bonito crucero de piedra que está sobre una fuente de agua natural en el centro de la plaza.
Rodeada de soportales de madera y piedra que resguardan al viandante del mal tiempo y le invitan a pasar a los bares y restaurantes que en ellos se alojan.
Nosotros visitamos uno de ellos, el restaurante "La Catedral" que pertenece al Hotel Doña Teresa, donde por cierto estuvimos alojados.
Allí degustamos sopa de cocido y una muy buena pata de cabrito asada acompañada por una ensalada. Tarta de queso blanco y pudin de pasas con piñones (ambos los dejamos casi enteros por qué no tenían buen sabor y si buena pinta).
Después un paseo hasta el hotel, una siesta para los más pequeños y un café para los mayores.
El hotel nos costó 100 euros la noche, cama de matrimonio, supletoria y cuna, sin desayuno. Luego aparte la comida.
La visita a La Alberca es muy recomendable, ya que es un descanso para el alma y un escape para la gula…
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