Vertemos la leche sin lactosa en un cazo y la llevamos a fuego medio. Calentamos hasta alcanzar 45º, si no tienes termómetro de cocina basta con que introduzcas un dedo en la leche y no te quemes, aunque tampoco tiene que estar tibia, más bien templada.
Añadimos el yogur y mezclamos bien con la ayuda de unas varillas o tenedor.
Mientras preparamos el yogur, metemos los tarros de cristal en el horno a 50º de temperatura. Cuando el horno llegue a esta temperatura, le apagamos.
Sacamos los tarros y rellenamos con la mezcla anterior.
Ponemos la tapa en cada tarro y cerramos.
Colocamos los tarros en una bandeja y cubrimos con paños o una manta (de esas finas), con la intención de mantener la temperatura más estable y durante más tiempo de los tarros en el horno. Esta temperatura deberá estar en torno a los 45º, si es mayor las bacterias podrían morir sin hacer su función.
Introducimos la bandeja en el horno, que todavía seguirá caliente, y dejamos que se haga el "milagro" de convertir la leche en yogur toda la noche o un mínimo de 5 horas.
Pasado el tiempo sacamos los tarros del horno, quitamos los paños o manta y, cuando estén a temperatura ambiente, les guardamos en la nevera durante unas horas antes de su consumo.