Ahora con la llegada (por fin), del buen tiempo, no hay nada mejor que compartir en una terraza unos calamares rebozados con buena compañía. Tiernos, crujientes, con o sin limón, entre sorbo y charla, se acaba el plato sin apenas darnos cuenta de los que nos hemos tomado. Lo malo es que cuando queremos repetir ese mismo aperitivo en nuestra cocina, los calamares rebozados no nos quedan ni parecidos. Lo dicen hasta nuestros propios amigos.











